Una mujer libre Lucía Sánchez de Saornil.

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  • Poeta y anarcofeminista, no aparece ni en los libros de literatura pese a ser precursora del ultraísmo, ni en los de historia pese a ser una de las figuras políticas más destacable del siglo XX.

    Lucía Sánchez de Saornil nació en un barrio de Madrid, en una familia humilde, por lo que compaginó un trabajo como operadora, del que fue despedida por sus actividades sindicales, con los estudios en Bellas Artes. En sus primeros versos recurría al tema del amor lésbico, aunque oculta tras un pseudónimo masculino.
    A partir de 1927 sustituye el verso lírico por la prosa libertaria y comienza a colaborar en publicaciones como Tierra y Libertad o Solidaridad Obrera, desembocando en la secretaría de redacción de CNT de Madrid. Pero Lucía, junto a sus compañeras Mercedes de Comaposa y Amparo Poch, se encontró con la contradicción existente dentro del movimiento: la doble moral que propugnaba la liberación de la humanidad, pero eso sí, con patrones patriarcales en la práctica.
    Este hecho las llevó a fundar Mujeres Libres, organización anarcofeminista, que en torno a la CNT pone en primera plana la emancipación de la mujer, aun por encima del problema de clases. Partían de que desde el anarquismo, la revolución que se plantea no era sólo económica, sino una transformación ideológica, cultural y sexual.
    Ella cambió el punto de vista respecto a esta emancipación. Lucía no responsabilizaba a las mujeres de su esclavitud, ni creía que fuese un trabajo sólo de ellas, sino un trabajo solidario entre mujeres y hombres. Seguido de una solidaridad entre mujeres.
    También con respecto a la maternidad aportó frescura al ideario. Para ella, el “ser madre” era una de las muchas formas que una mujer tenía de conseguir la plenitud y siempre anteponía el “ser mujer”, nunca la función de madre debería de anular a la mujer.
    Después de exiliarse en Francia con su compañera sentimental, América Barroso, volvió a Madrid en la clandestinidad, por miedo al nazismo. En Valencia acabó su vida retocando fotos, escribiendo y con un epitafio en el que el amor (libre) de su vida hizo poner: “Pero... ¿es verdad que la esperanza ha muerto?”.

    Ruth C. Vidriales/Diagonal

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